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La Coctelera

El marido de la peluquera

O que difícil es ser yo

Categoría: Sexo, mentiras y ...

26 Enero 2006

Sardá, bienvenido seas

Aunque tu último programa no me gustaba, he tenido siempre un alto concepto de tí. Creo que, además de buen comunicador, eres un tío listo. Tu decisión de ser el marido de la peluquera lo confirma.
Te entiendo.

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24 Enero 2006

Siempre nos quedará París

Una buena amiga mía decía que el alcohol en ella tenía un efecto relajante, cuando bebía se le abrían las piernas. En mí, el alcohol siempre ha hecho estragos. Bueno yo no me abro de piernas, pero el resultado suele ser parecido.

Hace un par de veranos, un importante cliente estaba pasando unos días con la esposa y otra pareja en nuestra ciudad. Mi jefe, siempre atento a estas cosas, quiso convidarlo.

Fuimos a cenar las tres parejas (mi jefe y su esposa y los convidados) y yo. Una copiosa y deliciosa cena, regada con buenos vinos y no peores licores. Salimos tarde del restaurante y nos dirigimos a una zona de copas, a bailar un poquito (eran caribeños los invitados y no podía faltar un poco de rumbeo). Decir que las chicas eran muy atractivas, y a cada baile que pasaba y a cada copa que bebía se me estaba haciendo más difícil continuar siendo prudente. Así que decidí ir a la barra y despistarme entre la gente.

Al acercarme a la barra, tres chicas muy jóvenes estaban discutiendo por algún chico. Entre que estaban bastante borrachas y que la discusión fuese a tres idiomas, me llamaron la atención. Eran dos francesas y una mejicana.

Fruto del alcohol, me ofrecí voluntario para aquella que saliese perdedora de la pelea, no perdiese la noche. Me fui para otra zona donde estaba bailando la gente. A los pocos minutos apareció una de las francesas. Dijo que ella había perdido. O eso la entendí, yo no hablo francés, y ella poco español. Y mi inglés y más borracho, no es precisamente el de Shakespeare.

Tras el intento de iniciar dos o tres conversaciones, se me ocurrió decir que sólo hay un lenguaje universal: el sexo. Parece ser que estaba de acuerdo. Coló sus brazos por detrás de mi cuello y comenzó a besarme.
Lo hizo despacio, rozando sus labios primero, a la vez que con su contoneo rozaba sus pechos contra mí.

La apreté contra mí, y pasé mi lengua por sus labios, a la vez que dejé que ella hiciese lo mismo con los míos. Seguí apretando su pubis contra el mío, mientras ella seguía moviendose. Poco a poco, el beso fue haciendose más intenso y más húmedo.

Emitía unos pequeños jadeos, yo sólo acerté a retirarnos un poco hacia una zona más discreta. Cuando volvimos a besarnos, ya en plena guerra de posesión, aproveché para deslizar mi mano entre sus piernas. La apretó con sus piernas y comenzó a frotarse con descaro mientras con una de sus manos hacía lo mismo con mi polla.

No sé el tiempo que pasó, pero yo no podía seguir así. Subimos a la planta superior, nos dirigimos al baño de mujeres. Nos metimos en uno de los apartados, le dí la vuelta y mientras apoyaba sus manos en la pared yo le metía una y otra vez la polla. No fue precisamente despacio, era como si fuese una contrarreloj. Ella comenzó a gritar y poco después temblaba. Un polvo salvaje.

Sonó mi teléfono, mi jefe quería saber dónde estaba. Le pregunté el nombre y le pedí el teléfono. No quiso dármelo. Me dió su dirección de mail. Algo es algo. La dí un beso de despedida y salí corriendo. No quería que me despidiesen. Aunque París bien vale una misa.

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23 Enero 2006

Sin Embargo. Joaquín Sabina

De sobra sabes que eres la primera
que no miento si juro que daría
por ti la vida entera,
por ti la vida entera;
y sin embargo un rato cada día,
ya ves, te engañaría con cualquiera,
te cambiaria por cualquiera.

NI tan arrepentido ni encantado
de haberte conocido, lo confieso.
Tú que tanto has besado,
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo que hasta los huesos
sólo calan los besos que nos ha dado,
los labios del pecado.

Porque una casa sin ti es una emboscada,
el pasillo de un tren de madrugada,
un laberinto
sin luz ni vino tinto,
un velo de alquitrán en la mirada.

Y me envenenan los besos que voy dando
y sin embargo cuando
duermo sin ti contigo sueño
y con todas si duermes a mi lado
y si te vas me voy por los tejados
como un gato sin dueño
perdido en el pañuelo de amargura
que empaña sin manchar la tu hermosura.

No debería contarlo y sin embargo,
cuando pido la llave de un hotel
y a media noche encargo
un buen chmpán francés
y cena con velitas para dos,
siempre es con otra amor,
nunca contigo,
bien sabes lo que digo.

Porque una casa sin ti es una oficina,
un teléfono ardiendo en la cabina,
una palmera,
en el museo de cera,
un éxodo de oscuras golondrinas.

Y me envenenan los besos que voy dando
y sin embargo cuando
duermo sin ti contigo sueño
y con todas si duermes a mi lado
y si te vas me voy por los tejados
como un gato sin dueño
perdido en el pañuelo de amargura
que empaña sin manchar la tu hermosura
Y cuando vuelves hay fiesta en la cocina
y baile sin orquesta
y ramos de rosas con espinas
pero dos no es igual que uno más uno
y el lunes al café del desayuno
vuelve la guerra fría
y el cielo de tu boca el purgatorio y al dormitorio
el pan de cada día.

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23 Enero 2006

Tienes un e-mail

En uno de estos días apáticos, entré en un chat para matar moscas con el rabo. No lo he hecho más que una pocas veces en mi vida y en una de ellas, en un post anterior, conté el inicio del fin.

Esta última vez, dió la casualidad de qué en pocos minutos contacté con una persona interesante. Hemos charlado un par de veces y es una encantadora mujer.

Por una parte guardo la intención de mantener esta relación, con la única intención de saciar las ganas de charlar. Por la otra, no voy a negar que empieza a despertar en mí el lado oscuro del deseo.

Que la fuerza me acompañe.

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18 Enero 2006

A propósito de infidelidades

La infidelidad es un tema interesante. Todo el mundo tiene una opinión, en muchas ocasiones axiomas. Sobre todo cuando se trata de los demás.

No voy a dar mi opinión, sin embargo reflejar una pequeña situación de no hace mucho tiempo.

No sé como ni por qué, sali a cenar y tomar unas copas con una amiga. La realidad es que acabamos en la cama, tampoco sé muy bien como. Cuando volvimos a quedar, lo que más me preocupaba es saber si se encontraba bien porque, por lo poco que la conocía, sabía que no le sería cómoda la situación.

Eso me hizo saber. Le pareció que era despreciable que engañase a mi mujer, que demostraba que no era una persona de fiar y bla, bla, bla. No voy flagelarme.

Insistí preguntándola como se sentía ella. Me preocupaba que se sientese mal por este asunto. La respuesta fue igual de contundente: "Habiendo limones por qué no hacer limonada". O que por ella, cuando quisiese.

Me lo expliquen

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17 Enero 2006

Crónica de una infidelidad anunciada (introducción general)

Realmente la pregunta encendió todas mis alarmas, por no decir que encendió otras cosas. Sonreí y por supuesto acepté la proposición.
Condujo durante unos quince minutos mientras la conversación transcurría entre bromas, sin dejar entrever el deseo contenido. Vivía en un duplex pequeño y cálido. Como siguiendo las pautas de buena anfitriona, puso música, encendió una vela y nos sirvió unas copas. Me senté el sofá a esperarla.

Unos minutos después me acerqué y comencé a besarla. Casí rozándo esos maravillosos labios ardientes. A mi siempre me ha recordado a Michelle Pfeiffer, sobre todos su boca. Seguimos rozando apenas nuestros labios. Mientras le besaba su cuello y sus lóbulos, notaba como su respiración se agitaba y entreabría su boca. Nos volvimos a besar, pero esta vez parecía que queríamos devorarnos. Nuestras lenguas no dejaban de pelear para alcanzar el interior del otro.

Introduje mi mano entre su blusa, y comencé a acariciar sus pechos. Cuando pasaba mi mano o mis dedos acariciaban sus pezones, es como si hubiese desencadenado el infierno. No sé cual de los dos estaba más excitado, sé que desabotoné su blusa y comencé a lamerle y chuparle sin descanso. Se corrió sin más o la humedad de sus bragas así parecía decirlo.

No tuve mas remedio que bajar a beber de esa maravillosa fuente. El sabor metálico de su coño me hacía relamerlo una vez y otra. Pasaba mi lengua de arriba a abajo, despacio. Ella cada vez empujaba más su pelvis contra mi boca. Me encantaba hacerla sufrir y seguía paseando el ancho de mi lengua por todo su coño. A veces la introducía o le daba pequeños chupetones a su clítoris. Creo que forcé demasiado, pegó un salto. Se puso de rodillas en el sofá. Me desabrochó la bragueta. Se hizo sitio y se montó sobre mí. En unos minutos de cabalgada casi acaba conmigo.

Se levantó, tomo un trago, encendió un pitillo, cambió la música y me sonrió. No sé si en ese orden. Definitivamente no era la mujer que había conocido años atrás. Me desnudé porque me parecía algo estúpido con el pantalón a media asta. Pareció una invitación, porque apagó el cigarro y metió en su boca mi polla.

No la dejé disfrutar de ella demasiado, y la separé para poder reservarla un poco. Me cogió de la mano y inició la subida a su dormitorio. Digo inició, porque en medio de la escalera la atrapé por detrás y mientras la besaba por su cuello y nuca, una mano le acariciaba sus agradecidos pechos y con la otra, jugaba con su clítoris. Cuando alcanzó el orgasmo y sin darle tiempo, la empujé contra la pared, la puse de espaldas y la follé en las escaleras. Esta vez creí que ya poco más me quedaría que darle.

Me llevó a la habitación y se disculpó para ir al baño de la misma. No pude evitarlo y me acerqué a mirar por la puerta entreabierta. Cuando se estaba desmaquillando, me volví acercar a ella porque volvía a estar empalmado. No sé que tiene esta mujer que sólo verla produce ese efecto en mí.

Otra vez de pie, apoyando sus manos sobre el lavabo y mirándonos al espejo, comencé a follarla. Notaba mi polla dura y estaba disfrutando metiéndosela despacito, arriba, abajo, un poco a la derecha, un poco a la izquierda. Ahora en pequeños círculos. Era la primera vez que nos lo tomábamos con calma y no como si fuese nuestro último polvo. De vez en cuando le metía un pequeño empujón, apretándome todo lo que podía contra ese maravilloso culo.

Una vez más, me sorprendió. Mirándome a través del espejo me dijo: "quiero que me rompas en dos, hijo de puta, quiero que me rompas con esa maravillosa polla". Si yo ya la tenía dura, creo que se hizo de piedra y cuanto más dura y más profunda se la metía, más continuaba ella con frases como esa. Me corrí, nos corrimos, como creo que no lo había hecho nunca.

Me lavé y cuando volví a la habitación, ella estaba tumbada en la cama como si ya estuviese del todo satisfecha. Casi puedo decir que me alegré, para alguien que pronto cumpliría cuarenta años ya era demasiado. O a mi me lo parecía. Pero en cuanto me acerqué a la cama, saltó sobre ella, se sentó en el lateral y me dijo: "quiero comerte la polla y que te corras en mi boca".

Definitivamente no era ella. Le dije que si era capaz de hacer algo con aquello que ya parecía un muerto, que por mí encantado. No sé lo que hizo pero resucitó, y aunque poco era lo que me quedaba, me corrí dentro de ella. (to be continued?)

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16 Enero 2006

Crónica de una infidelidad anunciada (Introducción verbal)

La historia se inicia long time ago. Un buen amigo es ascendido a jefe de un departamento y me llama para trabajar con él. No recuerdo por qué acepté y tampoco importa demasiado.

Con nosotros trabaja un hombre que no es de la ciudad (yo tampoco dicho sea de paso) y lleva poco tiempo en ella. Mi amigo entabló cierta relación de amistad con él y su familia (esposa e hijo). Más o menos me ví arrastrado a tener cierto contacto con ellos.

El era algo así como un deprimido singular como el de la canción Hasta de perfíl de Rosendo. Ella, quizás por haber tenido que buscarse la vida desde muy joven o por el capullo que tenía de marido, pareciá prepotente e interesada. Sin embargo, era un animal sexual o a mí me lo parecía. Yo por aquel entonces era algo más descarado. Nunca le propuse que se acostase conmigo, aunque creo que dejé bien claro que cuando quisiera podría hacerlo.

Un par de años después se divorciaron y curiosamente aunque no a la vez se volvieron a su ciudad natal. Unos ocho años más tarde yo estaba trabajando en una ciudad situada a una hora de la suya. Una ciudad pequeña y para un forastero aburrida. Tenía que estar una semana laboral en ella. Dió la casualidad que una de las personas con las que tenía que reunirme conocía a aquella mujer y vivía en su ciudad.

Al día siguiente, ella me llamó por teléfono. Charlamos unos minutos y después de las frases de cortesía de rigor, un poco por curiosidad y un poco por la falta de expectativas, le propuse vernos.

Hacia la media tarde estaba en su ciudad. Ella cerraba su pequeño negocio cuando llegué. Estaba mejor aún que hacía unos años. Sin embargo, quizás el paso de los años, yo era menos fogoso y me mostré de lo más formal. Fuimos a tomar unos vinos y realmente me encontré a una mujer totalmente diferente. Cenamos "en un marco incomparable". Una cena espléndida, un vino maravilloso y una mujer encantadora.

Según pasaban los minutos, más me gustaba aquella mujer y menos era mi atrevimiento. No quería estropearlo todo con "una de las mías". Con unas copas de vino más, fuimos a un café musical con velitas en la mesa, en semipenumbra. Me parecía demasiado perfecto todo y aunque la charla seguía animada, no dejaba de desearla como un animal en celo. Pero seguía en mi sitio de chico formal.

Al salir del local, teniendo en cuenta que ya había bebido demasiado, que estaba a un milímitro de abalanzarme sobre ella y que todavía tenía una hora de vuelta a mi hotel, decidí despedirme.

No esperaba que dijese: "Quiero que te quedes a dormir conmigo". (to be continued)

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12 Enero 2006

Yo sólo soy contigo (I)

Mi primer amor, o mi primera fiebre de amor, lo padecí hacia los once o doce años. Es esa clase de mujer, cuando aquello niña, que me desestabiliza. No sé que es, pero me atraen como las sirenas.

Morena, ojos negros. Una belleza. Nuestro primer acercamiento fue a la tierna edad de once o quizás doce años. Después de los clásicos juegos de iniciación, aprovechamos una oportunidad única.

Estábamos en un club de tiempo libre, donde solíamos reunirnos los sábados y los domingos ir al monte. Algo muy típico entre los vascos. Reunirnos e ir al monte, son dos de los deportes más practicados en esas tierras.

Al menos una vez al año ibamos de acampada. Ese verano fue al monasterio de Montesclaros, dos combinaciones peligrosas desde entonces: el calor y la naturaleza. En cada momento que teníamos libre, lo dedicábamos a buscarnos. De pequeños roces y furtivos besos no solíamos pasar.

Una tarde, juraría más calurosa que las demás, nos habíamos alejado de los demás. En una pequeña finca y al abrigo de las piedras que hacían de linde, nos sentamos primero y tumbamos después.

Poco después comenzamos a besarnos, o más bien a intentarlo. Las películas que nos llegaban estaban censuradas y o no se veían los besos o se adivinaban tras la cocorota del protagonista. Por lo tanto era difícil el aprendizaje.

No estoy muy seguro como, pero en poco tiempo estábamos desnudos sobre la hierba, con el sol bañándonos y con millones de hormonas revolviendo entre nosotros.

Ni que decir que comenzamos a acariciarnos torpemente, con una intensidad aún recordada. Pronto se rompió el hechizo, nos localizó uno de las monitoras y el resto de la excursión fuimos el escarnio del resto del grupo.

Por supuesto, nuestros padres nos prohibieron vernos. Lo que aumentó nuestra pequeña locura. Hasta bien entrada en la adolescencia, cada encuentro furtivo volvía arreciar aquel sol de las montañas cántabras. Pero nunca llegábamos pasar de caricias y masturbaciones mutuas.

Curiosamente nunca llegamos a ser pareja y esos encuentros siempre suponían pequeñas infidelidades o una gran fidelidad entre nosotros, según como se mire.

Con el tiempo, el instituto y otros avatares no fuimos separando e incluso la perdía de vista. Hasta casi veinte años después no la había vuelto a ver. Unas navidades, en el famoso retorno a casa, mientras tomábamos vinos por nuestro barrio (otro deporte popular) nos volvimos a encontrar.

La primera intención fue la de esquivar las miradas, al rato las miradas de reojo. No sé lo que estaba pensando ella, yo volvía a perder la cabeza como siempre. Aún era más guapa que entonces.

No pude evitarlo, en cuanto se encamino hacia los baños, no sé si producto de mi imaginación o de su insinuación la seguí. Pensé que se me salía el corazón. No me atreví a entrar, así que espere en la zona común, lavándome las manos. ¿Era un acto de lavar la culpa?. Nuestras parejas estaban fuera.

Salió, nos sonreimos. Después de intercambiar el saludo, me tocó el brazo y empezó una pequeña caricia. La cogí por la nuca y la besé. Dios, seguía guardando todo el calor de aquel día. Se separó suavemente, sonrió y salió. No la he vuelto a ver. Pero sé el resultado de nuestro próximo encuentro: otro furtivo beso.

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No sé cuales son mis circunstancias. Así que es difícil hablar sobre mí. Que conste que es mi tema preferido. Pero de momento, prefiero no darle la importancia que tiene (o sea ninguna). Me gustaría que fuese un blog lleno de contradicciones, sin una línea a seguir pero con la inconfesable meta de que tú lo leas.

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