Yo sólo soy contigo (I)
Mi primer amor, o mi primera fiebre de amor, lo padecí hacia los once o doce años. Es esa clase de mujer, cuando aquello niña, que me desestabiliza. No sé que es, pero me atraen como las sirenas.
Morena, ojos negros. Una belleza. Nuestro primer acercamiento fue a la tierna edad de once o quizás doce años. Después de los clásicos juegos de iniciación, aprovechamos una oportunidad única.
Estábamos en un club de tiempo libre, donde solíamos reunirnos los sábados y los domingos ir al monte. Algo muy típico entre los vascos. Reunirnos e ir al monte, son dos de los deportes más practicados en esas tierras.
Al menos una vez al año ibamos de acampada. Ese verano fue al monasterio de Montesclaros, dos combinaciones peligrosas desde entonces: el calor y la naturaleza. En cada momento que teníamos libre, lo dedicábamos a buscarnos. De pequeños roces y furtivos besos no solíamos pasar.
Una tarde, juraría más calurosa que las demás, nos habíamos alejado de los demás. En una pequeña finca y al abrigo de las piedras que hacían de linde, nos sentamos primero y tumbamos después.
Poco después comenzamos a besarnos, o más bien a intentarlo. Las películas que nos llegaban estaban censuradas y o no se veían los besos o se adivinaban tras la cocorota del protagonista. Por lo tanto era difícil el aprendizaje.
No estoy muy seguro como, pero en poco tiempo estábamos desnudos sobre la hierba, con el sol bañándonos y con millones de hormonas revolviendo entre nosotros.
Ni que decir que comenzamos a acariciarnos torpemente, con una intensidad aún recordada. Pronto se rompió el hechizo, nos localizó uno de las monitoras y el resto de la excursión fuimos el escarnio del resto del grupo.
Por supuesto, nuestros padres nos prohibieron vernos. Lo que aumentó nuestra pequeña locura. Hasta bien entrada en la adolescencia, cada encuentro furtivo volvía arreciar aquel sol de las montañas cántabras. Pero nunca llegábamos pasar de caricias y masturbaciones mutuas.
Curiosamente nunca llegamos a ser pareja y esos encuentros siempre suponían pequeñas infidelidades o una gran fidelidad entre nosotros, según como se mire.
Con el tiempo, el instituto y otros avatares no fuimos separando e incluso la perdía de vista. Hasta casi veinte años después no la había vuelto a ver. Unas navidades, en el famoso retorno a casa, mientras tomábamos vinos por nuestro barrio (otro deporte popular) nos volvimos a encontrar.
La primera intención fue la de esquivar las miradas, al rato las miradas de reojo. No sé lo que estaba pensando ella, yo volvía a perder la cabeza como siempre. Aún era más guapa que entonces.
No pude evitarlo, en cuanto se encamino hacia los baños, no sé si producto de mi imaginación o de su insinuación la seguí. Pensé que se me salía el corazón. No me atreví a entrar, así que espere en la zona común, lavándome las manos. ¿Era un acto de lavar la culpa?. Nuestras parejas estaban fuera.
Salió, nos sonreimos. Después de intercambiar el saludo, me tocó el brazo y empezó una pequeña caricia. La cogí por la nuca y la besé. Dios, seguía guardando todo el calor de aquel día. Se separó suavemente, sonrió y salió. No la he vuelto a ver. Pero sé el resultado de nuestro próximo encuentro: otro furtivo beso.
