Siempre nos quedará París
Una buena amiga mía decía que el alcohol en ella tenía un efecto relajante, cuando bebía se le abrían las piernas. En mí, el alcohol siempre ha hecho estragos. Bueno yo no me abro de piernas, pero el resultado suele ser parecido.
Hace un par de veranos, un importante cliente estaba pasando unos días con la esposa y otra pareja en nuestra ciudad. Mi jefe, siempre atento a estas cosas, quiso convidarlo.
Fuimos a cenar las tres parejas (mi jefe y su esposa y los convidados) y yo. Una copiosa y deliciosa cena, regada con buenos vinos y no peores licores. Salimos tarde del restaurante y nos dirigimos a una zona de copas, a bailar un poquito (eran caribeños los invitados y no podía faltar un poco de rumbeo). Decir que las chicas eran muy atractivas, y a cada baile que pasaba y a cada copa que bebía se me estaba haciendo más difícil continuar siendo prudente. Así que decidí ir a la barra y despistarme entre la gente.
Al acercarme a la barra, tres chicas muy jóvenes estaban discutiendo por algún chico. Entre que estaban bastante borrachas y que la discusión fuese a tres idiomas, me llamaron la atención. Eran dos francesas y una mejicana.
Fruto del alcohol, me ofrecí voluntario para aquella que saliese perdedora de la pelea, no perdiese la noche. Me fui para otra zona donde estaba bailando la gente. A los pocos minutos apareció una de las francesas. Dijo que ella había perdido. O eso la entendí, yo no hablo francés, y ella poco español. Y mi inglés y más borracho, no es precisamente el de Shakespeare.
Tras el intento de iniciar dos o tres conversaciones, se me ocurrió decir que sólo hay un lenguaje universal: el sexo. Parece ser que estaba de acuerdo. Coló sus brazos por detrás de mi cuello y comenzó a besarme.
Lo hizo despacio, rozando sus labios primero, a la vez que con su contoneo rozaba sus pechos contra mí.
La apreté contra mí, y pasé mi lengua por sus labios, a la vez que dejé que ella hiciese lo mismo con los míos. Seguí apretando su pubis contra el mío, mientras ella seguía moviendose. Poco a poco, el beso fue haciendose más intenso y más húmedo.
Emitía unos pequeños jadeos, yo sólo acerté a retirarnos un poco hacia una zona más discreta. Cuando volvimos a besarnos, ya en plena guerra de posesión, aproveché para deslizar mi mano entre sus piernas. La apretó con sus piernas y comenzó a frotarse con descaro mientras con una de sus manos hacía lo mismo con mi polla.
No sé el tiempo que pasó, pero yo no podía seguir así. Subimos a la planta superior, nos dirigimos al baño de mujeres. Nos metimos en uno de los apartados, le dí la vuelta y mientras apoyaba sus manos en la pared yo le metía una y otra vez la polla. No fue precisamente despacio, era como si fuese una contrarreloj. Ella comenzó a gritar y poco después temblaba. Un polvo salvaje.
Sonó mi teléfono, mi jefe quería saber dónde estaba. Le pregunté el nombre y le pedí el teléfono. No quiso dármelo. Me dió su dirección de mail. Algo es algo. La dí un beso de despedida y salí corriendo. No quería que me despidiesen. Aunque París bien vale una misa.

El que todo lo sabe dijo
París bien vale una misa o como se titulaba aquella pelicula de 1972 con Alfredo Landa:
"París bien vale una Moza"
Disfruta con lo vivido ;)
Gracias por tu visita
Nos leemos
25 Enero 2006 | 07:24 AM